Gran parte del agotamiento moderno no viene del trabajo ni del ruido externo, sino del esfuerzo constante por sostener una identidad. Ser alguien definido, coherente, reconocible. Mantener un personaje incluso cuando nadie está mirando. La psique no se fatiga solo por hacer, sino por aparentar continuidad en un mundo que cambia a cada segundo.
Desde la psicología profunda, el “yo” es una construcción funcional, no una esencia sólida. Sirve para orientarnos, pero se vuelve prisión cuando creemos que debemos habitarlo sin descanso. Cuando no nos permitimos contradicción, ambigüedad o pausa. El alma se asfixia cuando no puede aflojar su máscara.
Las tradiciones místicas entendieron esto antes que la psicología moderna. El desprendimiento no era rechazo del mundo, sino del personaje. Soltar la imagen de quien creemos ser para entrar en contacto con lo que simplemente ocurre en nosotros. No hay iluminación sin un pequeño colapso del yo.
Por eso descansar no siempre implica dormir. A veces implica dejar de narrarnos. Dejar de explicarnos. Dejar de justificar cada emoción. Permitirse no saber quién se es por un rato. En ese espacio sin definición, algo interno se recoloca.
Tal vez la paz no llegue cuando encontremos “nuestro verdadero yo”, sino cuando dejemos de exigirnos ser alguien todo el tiempo. Cuando podamos existir sin subtítulos internos. Cuando la conciencia descanse en sí misma, sin tener que representarse.
Vía: Anónimo.
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