Los vínculos se vuelven frágiles cuando son usados como muletas para sostener vacíos internos.
Cuando buscas que otro te salve, colocas sobre sus hombros el peso de tu historia no resuelta.
Al principio puede parecer amor, pero pronto se transforma en exigencia, en miedo a perder, en una lucha silenciosa por mantener lo que nunca nació libre.
El problema está en la expectativa: creer que la plenitud viene de afuera. Un corazón que espera que otro lo llene se convierte en rehén de las ausencias y de las presencias. Se apega no por amor, sino por necesidad. Y la necesidad, tarde o temprano, asfixia.
La solución no es dejar de amar, sino aprender a hacerlo desde un lugar distinto.
Comienza por habitar tu propio mundo, por conocer el eco de tu soledad sin temerle.
Llena tus grietas con presencia, con verdad y con cuidado propio. Entonces, cuando alguien llegue, no será para llenar un hueco, sino para compartir un jardín.
Un vínculo sano no es una cura milagrosa, es un camino compartido donde cada uno cuida su raíz mientras las ramas se entrelazan.
Y cuando eso sucede, el amor deja de ser dependencia y se convierte en elección.
Vía: Anónimo.
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